lunes, 8 de septiembre de 2008

Memorial

A su Excelencia Don Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde Duque de Olivares.

Memorial que le dirige Pedro López de Lerma, vecino que fue de la Villa de Lerma,

solicitando Real Perdón por delitos no hechos

y de los que fue acusado

Pedro López de Lerma es mi nombre y tras haber vivido en Burgos unos años con nombre y profesión fingidos, a Lerma regreso. De allí tuve que salir al haberse enemistado conmigo el malhadado Duque de Lerma, recientemente finado, y allí vuelvo ahora que no tengo riesgo. A una pizca de volver estuve cuando sus otros enemigos, aquellos que eran muchos y poderosos, con él pudieron y abrieron los ojos al Rey Nuestro Señor Felipe el tercero, muchos años engañado por Don Francisco de Sandoval.

Mi oficio es de tallista escultor de figuras de bulto y orfebre, de los mejores de mi profesión, como atestiguan los encargos que de contínuo recibía de los mas altos señores de Castilla y otros reinos. Como tal, me ganaba muy bien la vida, pudiendo hacer ahorros con los que dar oficio y casa a mis hijo y a mis hijas casamiento ventajoso y con hombres buenos. Soy hijo de Lope Martín y de María de Aranda, que Dios los tenga en su Gloria. De mi padre aprendí el oficio y el orgullo legítimo de hacerlo bien, y heredé taller, obrador y encargos. De mi señora madre supe mis primeras letras, pues era mujer leída, y a ser piadoso con los demás.Casé con la hija de Ordoñez, escultor de fama que trabajó en las efigies de la catedral de Granada, a la que amé como dicen que aman los caballeros de los libros y que antes de morir y llenarnos de tristeza, me dio tres hijos buenos y que siempre honraron a sus padres.

Dio el duque, que con su indumento de cardenal arda en el infierno, cuando venía a Lerma en escuchar a envidiosos y maledicentes de los que siempre hay, y entre corridas de toros, fiestas en los jardines y veladas en palacio, dio en pensar que un orfebre por fuerza debía tener oro y plata, y que si los trabajos encomendados eran importantes por fuerza debía serlo el estipendio que les correspondía, y que quien trabaja con metales nobles por fuerza deja algo entre las uñas y que si él era grande y era un ladrón los demás también lo serían.

Un día el corregidor visitó mi taller con la excusa de que el crisol hacía humos ponzoñosos que llegaban a los vecinos, y así miró mis cajas y el oro que en ellas se guardaba. Tuve que mostrarle las cuentas e inventarios para que viese el uso que hacía de los materiales y pesar los metales de nuevo en su presencia y la de sus esbirros. Sus modos y mala actuación me pusieron sobre sospecha de que alguien por encima de él tramaba mi mal.

So pretexto de confesión, confíe mis temores a mi amigo y confidente fray Joaquín de la Caridad, a la sazón capellán del monasterio de la Ascensión, que me pidió unos días para recabar noticias con que poder darme consejo. A los dos días, en un aparte me confió que sus noticias eran que el duque creía que en mi casa había grandes cantidades de oro y otras cosas valiosas y que, conocido el personaje, poco había de faltar para que sus garras cayesen sobre mis bienes y si no le parecían suficiente, sobre mi persona y allegados. Bien conocía que mi fortuna no era del tamaño que al duque le pudiese parecer bastante y se lo hice saber a fray Joaquín, que después de otros dos días me ofreció una estrategia digna del Gran Capitán.

Con algunas añagazas, fingí romper con mis familiares, amigos y deudos, por su bien y sin poder darles razón. Mis hijos tuvieron gran pesadumbre y desazón con ello. Doliome el alma, más era necesario por alejarles de venganzas que el duque pudiese tener conmigo. Fui dando cumplido fin y entregando los últimos encargos mientras por emisarios secretos enviaba a la abadesa del convento de Las Huelgas Reales de Burgos algunas herramientas, dineros y cartas que me guardase.

Fray Joaquín sacome una noche de mi casa y me escondió en la cripta del monasterio de las clarisas, donde estuve alojado y mantenido por algunas monjas de confianza de mi amigo. Por suerte en los últimos tiempos no había fallecido ninguna hermana, pero en las noches no tenía paz, rodeado de momias de sores difuntas. Con buen tino, el fray pensó que al advertir la ausencia de la presa, el corregidor sin duda enviaría patrullas a los caminos a prenderme. Cuando el agua volvió a su cauce pude partir con unos arrieros que fray Joaquín conocía hacía Burgos, vestido como ellos, con la cara tiznada y a las primeras luces del alba. No sin pesar supe que mi casa y taller, so capa de expropiación por algún infame delito, habían sido saqueados y revueltos, que mis amigos y familiares, muy a pesar de las enemistades fingidas, habían sido molestados y, gracias a ellas, no acusados de connivencia en mi falso delito. se me acusó también, según pude saber, de andar en tratos con judios, lo que es cierto, pues por mi labor traté con Salomón de Amberes y Simón de Lisboa, pero tambien con comerciantes de los reinos de Italia y otros tudescos, sin que nunca el motivo fuese la religión ni tratos contra las leyes.

Mi amigo había enviado cartas, además de a la abadesa de Las Huelgas, a su pariente Gregorio de Ortuño, canónigo de la catedral, que con discreción se ocupó en mi alojamiento y en cambiar mi nombre y aspecto. Luego de dos meses alojado con un pastor en el bosque, en los que mi cuerpo enflaqueció y endureciose, pasé a ser el maestro Carvajal, con cartas falaces de presentación de los gremios del Reino de Valencia que me hacían dorador y pintor de tallas, amén de carpintero de retablos. Para no levantar indiscreto interés me establecí extramuros de la ciudad y procuré hablar lo menos por no ser reconocido, lo que me valió el sobrenombre de "el Mudo". Pasado un tiempo envíe a mis hijos misivas secretas dando cuenta de mi condición, cuyo secreto ellos han guardado hasta ahora  y de cuyas nuevas mostraron a carta vuelta gran regocijo.

Varios años llevaba de esta vida, ejerciendo el mi nuevo oficio, cuando por allí se estableció por asuntos de la Corona el Capitán Jaime Ollors de Cullera que, sabiendo que cerca de la finca donde se había establecido vivía alguien de su país, por hacerme merced, un día visitó mi taller y me saludó en la su lengua, con lo que de inmediato apercibiose de que no era quien parecía ser. Apoyó la mano en el pomo de la espada y exigió razón sobre mi persona. Don Jaime resultó persona de buen juicio y juró allí mismo ser mi protector, de resultas de cuya promesa, Vuestra Excelencia conoce ahora el estado en que me encuentro. Pidió promesa de no hacer cosa sin contar con su aquiescencia por poder catar como estaba el asunto tras la caída en desgracia del duque, pues el duque ya no era valido pero el corregidor seguía siendo corregidor y no tomaría bien que resucitase quien pudiera acusarle.

En este año de mil seiscientos y veinte y siete, en el tercer día del mes de Mayo, habiendo fallecido ha tiempo Don Francisco de Sandoval, Duque de Lerma, y estando deshechos muchos de sus actos, recibo noticias del Capitán que me dan ánimo y me llevan a escribir este memorial que por su medianía envío a Vuestra Excelencia, que Dios guarde, solicitando hable en mi favor para lograr, aun cuando las acusaciones sean falaces, Real Perdón.

Cansado ya de esta y anhelando volver a mi vida verdadera, espero noticias de Vuestra Excelencia.

 

firma Pedro López de Lerma, ofbre. y esculptor 

domingo, 24 de agosto de 2008

Separaciones

Estaba hundido. Su chica le había pedido "relaciones mas abiertas", o sea, sexo con quienes quisieran pero sin renunciar a la seguridad de tener un hombro al que volver cuando le hiciese falta. No, él no lo admitió. Podría haberle perdonado mil traiciones, pero no que le avisase de que le iba a engañar frecuentemente, que eso era lo que le estaba diciendo con esa tontería de las "relaciones abiertas", ¿de que serie de televisión habría sacado la expresión? Lo que el creía haber encontrado en ella era algo mas que un cuerpo o algunos revolcones ocasionales, pero aquello debió ser un gran error; ahora tomaban otra perspectiva muchas de las cosas que habían pasado entre ellos.

No podía apartar aquellos pensamientos deprimentes y obsesivos. Por mas que tuviese muy claro que había hecho lo mejor que podía hacer, seguía deseando que fuese una mala interpretación. Volvía a representarse la escena mentalmente, palabra por palabra, sin encontrar una sola esperanza; una y otra vez.

Intentó sumergirse en un libro pero no podía concentrarse, palabras y palabras leídas de forma automática, al final de las cuales no recordaba ninguna. Fue a un centro comercial con la esperanza de fundirse en la masa y distraerse un poco mirando CDes; cuando se dio cuenta de que miraba las carátulas sin ningún interés, abandonó aquel lugar rápidamente. Dio un paseo por el parque esperando que el frío le hiciese pensar en algo distinto, pero la imagen de una batalla de bolas de nieve inolvidable que tuvieron uno de los días que pasaron en una estación de esquí el anterior invierno volvía obsesivamente. El cine tampoco fue solución; salió del cine como una tromba sin esperar a ver los títulos de crédito.

Los sentimientos amargos, por puro cansancio, se diluyeron en parte al caer la tarde. No habían dejado de ser amargos pero ya no eran dolorosos.

________________________________________________

 

Otra historia:

Ella ya no aguantaba mas tonterías ni explicaciones. Pretendía una relación de verdad, sin tonterías de chiquillos; quería intentar un futuro con él, no seguir estirando la relación sin cambiar nada. No quería verse con cuarenta años y un novio eterno. No quiso escuchar disculpas ni promesas, se acabó, punto.

Lloró mucho cuando tomó la decisión, cuando se la comunicó y cada vez que lo recordaba.

Por la noche ya casi no recordaba donde había estado. Había dado muchas vueltas. En el centro comercial había mirado libros y música sin encontrar nada que le apeteciese, ni siquiera miró ropa. Estuvo un buen rato mirando las aves de la pajarera, pero le resultó deprimente ver a los faisanes ateridos y a las palomas apretándose unas contra otras por el frío. Entró a ver una película clásica y la elección resultó nefasta para elevar el ánimo.

Antes de volver a casa pensó que necesitaba un café para entonarse.

________________________________________________

 

― Hola chicos, ¿estáis juntos?

― ¿Eh?, no, no ― Miró hacia donde señalaba el camarero y vio a aquella chica con la que se había cruzado en el parque; también le parecía haberla vista en el parque mirando los pájaros y... si, también estaba en el cine ¿aquello querría decir algo?, ¿sería el destino?, ¡bah!, solo imaginación y casualidad; además no parecía muy alegre, incluso tenía un aire un tanto hosco.

― No, no vamos juntos ― Vaya, vaya, el tipo al que parecía que le quemaban los discos en las manos y que paseaba por el parque como si lo estuviese midiendo a zancadas. Y luego, en el cine, salió como una flecha, y ahora estaba ahí y parecía mas calmado. Tal vez estuviese pasando por un mal momento, pero no era asunto suyo y la verdad, con todo tan reciente, ser amable con otro hombre aún le parecía una traición.

Cada uno tomó su café y se alejó del otro.

MvM

martes, 19 de agosto de 2008

Me siento, escucho, ¿si?

Se llama Obute, o eso creemos, porque es como nos suena. Creemos que es tanzano, aunque tampoco eso es seguro.

Es mas alto que cualquiera de nosotros, esbelto como una gacela y negro brillante como una pantera.

Hace un par de años, una noche entró en el bar, pidió un refresco, se sentó en el extremo de la barra, nos radiografió con la mirada y nos sedujo con su dentadura blanca y perfecta. Traía una bolsa de donde esperábamos ver salir un surtido de películas y música pirateadas, puñados de bisutería o copias de bolsos de marca; nada de eso, la bolsa siguió cerrada.

Comenzó a venir otras tardes, hasta ser una presencia habitual. Un día se acercó a la mesa donde estábamos, señaló una silla vacía y dijo:

― Me siento, escucho, ¿si?

Durante unos minutos la situación fue un poco incómoda, solo un rato, hasta que nos percatamos de que lo único que quería era escuchar: prácticas de idioma gratuitas. Nos había visto a través del cristal, hablando y riendo, y pensó que le apetecía ser parte del grupo.

Acabamos sabiendo que había conseguido entrar al país hacía un año como turista, pagando con los ahorros de toda su familia, que no le gustaba vender nada, que trabajaba en la construcción y que estaba aprendiendo todo lo que podía: conductor de maquinaria, gruista, ayudante de encofrador, lo que le echasen; por la tarde acudía a clases de español. La asistencia social le había procurado un permiso de residencia que consideraba su mayor posesión.

Estaba soltero y enviaba a su familia dinero para cubrir la deuda que tenía con ellos, pero también para procurar una mejor situación a sus hermanos pequeños. No pensaba volver a su país, pero quería que los suyos no necesitasen salir de él. Se reunía con otros compatriotas, pero necesitaba hacer una vida propia fuera de un entorno tan reducido. Vivía en un piso compartido con otros tres y cuidaba mucho ser disciplinado y limpio; con muchos gestos y esfuerzo nos decía que dejarse era fácil y que las personas descuidadas en sus costumbres acababan siendo también descuidadas en su moral.

En unos días era uno mas. Le veíamos esforzarse por entender las conversaciones e, inconscientemente, usábamos para él un lenguaje mas sencillo, pronunciábamos mas claro y hablábamos mas despacio; él recompensaba la deferencia con una de sus inmensas sonrisas. Su gran aliado era Ronnie, el cocinero colombiano, que hacía valer la solidaridad entre "migras" para invitarle a un refresco o un bocadillo de vez en cuando, guardarle la ropa (ese era el contenido de la bolsa) mientras iba a clase o, asombroso, hacer que Obute nos contase historias, pues había descubierto que, a pesar de no dominar el idioma, era un buen cuentista, con muchos recursos y que sabía como mantener la atención de su público.

Hoy hemos brindado por él, pues mañana hace las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años. Dice que no sabe si las pasará o no, pero que para él es ese el camino; que es posible que trabaje toda su vida en la construcción, pero que el mundo es grande y lleno de cosas que aprender. Ronnie está orgulloso de su amigo de "migra". Al levantar su copa dijo algo que todos recordábamos:

― Me siento, escucho, ¿si?

_________________________________________________________________________

Nota: no se llaman Obute ni Ronnie, ni yo soy de esa cuadrilla, pero la historia es real.

MvM

viernes, 15 de agosto de 2008

Decir y callar

Digo "adelante" y callo mis reservas. Solo necesitas que alguien te diga lo que ya sabes, que tienes que seguir.

Te digo "ánimo" y no te hablo de mis impotencias, que no te ayudarán.

"Puedes hacerlo" digo y no digo lo que a mí me cuesta hacer.

Para que no te rindas, te digo "todavía un poco mas" y no cuento que casi me he dicho "ya, no mas".

Decir y callar, casi es lo mismo.

em

viernes, 8 de agosto de 2008

Anselmo

¿Recordáis a Anselmo, el jubilado amargado? Creo que hasta él mismo cree ya que esa amargura que le oprime el corazón es angustia por sentirse ninguneado y por sentir ya en la nuca el susurro del frío aliento de la Parca, pero no son esos los motivos. La losa cuyo peso soporta está compuesta de miedo y otros sentimientos a los que él es incapaz de dar nombre, pues se niega a reconocer remordimientos, arrepentimientos o cargos de conciencia, pero sobre todo de miedo por no saber cómo deshacerse de esas sensaciones.

Hace mucho tiempo, cuando Anselmo estaba en su plenitud física pero no conseguía mantener con facilidad a su esposa y a sus dos pequeños hijos, el único medio que encontró para llevar mas dinero a casa fue dar palizas por encargo. Eran tiempos duros, la posguerra de miseria y plomo. No informó a nadie, ni a su esposa. No se sentía orgulloso, tampoco culpable; era un trabajo, punto. El único que tenía conocimiento de ello era Tomás, un tabernero que le ofreció el... digamos empleo, y que era a quien realmente le encargaban los trabajos.

Esas veces, cuando Anselmo aparecía por la taberna, Tomás le ponía el vaso de vino y le explicaba que debía hacer y discutían cual era la forma mas eficiente de hacerlo. No eran trabajos sofisticados, solo palizas acompañadas del aviso pertinente: "para que te acuerdes de Mengano y dejes en paz a su mujer", "Fulano, que a ver cuando le pagas las deudas", "tu padre dice que eres un golfo y que no se te ocurra volver por casa ni pedirle dinero a tu madre, cabrón".

El método era sencillo. Después de la jornada en el taller, Anselmo pasaba por casa a cenar y un rato después salía alegando que había encontrado alguna chapuza como fontanero para conseguir algo de dinero extra. Esperaba a su víctima en algún lugar solitario vestido con el buzo del taller y armado con un trozo de cañería (la primera llevó una llave inglesa y la perdió al alejarse de allí corriendo, un tubo era menos problemático y mas barato); para dificultar ser reconocido se embadurnaba la cara con grasa, como cualquier trabajador mecánico. No es necesario que cuente lo que ocurría después.

Era un buen asunto, los ingresos eran buenos y le permitían mantener con holgura a la familia, no solía haber denuncias, nadie sospechaba de él y tampoco era algo que hiciese todos los días. Hasta el día fatal en que uno de los apaleados, una vez pasada la sorpresa de los primeros golpes, se abalanzó contra él, haciendo de la paliza una pelea entre iguales. Los golpes de tubo, habitualmente medidos y controlados (alguna costilla rota y unos cuantos moratones, una vez un brazo fracturado), se transformaron en un ciclón de furia ciega. Cuando cesó la paliza, Anselmo se tenía en pié apoyándose más en su instinto que en sus piernas, miraba a su alrededor como un lobo, las pupilas dilatadas, los dientes apretados, el corazón golpeándole el pecho, la respiración salvaje. El otro era un bulto en el suelo con un charco de sangre nimbándole la cabeza.

Una sombra fugaz desapareció por una esquina. Alguien había visto aquello. Anselmo creía saber quién era, y no se equivocaba. No se sintió capaz de correr tras la sombra: con una muerte en su cuenta ya tenía bastante.

Habló con Tomás sobre esa noche y ese trabajo y los dos estuvieron de acuerdo en que era mejor abandonar esa actividad. No le dijo que le habían visto.

___________________________

La primera parte de esta historia me la contó la señora Engracia, mi abuela, la que durante muchos años fue la costurera del barrio, cuando creyó que sus facultades mentales comenzaban a avisar del declive.

― Mario, quiero que me descargues de algo que llevo encima desde hace mucho― y me contó, en esencia, lo que habéis leído hasta ahora.

― ¡Abuela! ¿Y no lo denunciaste?, ¿quién mas los sabe?, ¿lo contaste en secreto de confesión?

― Mario, pareces imbécil ¿para qué lo iba a denunciar o decírselo a nadie? Aquel tipo no iba a resucitar y el otro bastante tenía con llevar eso encima y rumiarlo toda su vida. Y confesarlo ¿con quién?, ¿con el padre Julio, que siempre fue aún mas simple que tú? No, yo ya he arreglado mis cuentas con el de arriba por mi cuenta, sin intermediarios, y me importa un pito que seas un descreído y te parezca una bobada. ―  me contó lo que había visto aquella noche y dejó su conciencia limpia para ir al mas allá. En eso se equivocó totalmente, porque todavía nos tuvimos que aguantarnos mutuamente durante algunos años, hasta que falleció de una pulmonía y sin signos de demencia senil.

___________________________

Otra parte la conocí a través de un amigo periodista que, a cambio de mucha vaselina, alguna cerveza y de estimular su curiosidad, investigó en la hemeroteca del diario para el que trabajaba y en los archivos policiales y judiciales. Encontró noticias sobre algunas de las pocas palizas que se denunciaron, alguna sobre el misterioso delincuente nunca identificado y algo mas sobre la investigación sobre el asesinato. El primer policía al que se lo asignaron fue el teniente Benítez, cuya mayor virtud era la constancia y su mayor defecto la falta de perspicacia; su línea de investigación consistió en interrogar "hábilmente" a todos los delincuentes conocidos habituales y amenazar veladamente a los vecinos, todo ello sin resultado; a Tomas y Anselmo, por lo que encontró mi amigo en los archivos. Cuando el asunto fue perdiendo fuerza se lo encargaron al recién ascendido comisario Bau, quien es posible que hubiese descubierto a Anselmo si hubiese tenido el caso desde el principio, pero para entonces ya nadie sabía ni recordaba nada y el expediente fue relegado y perdiéndose.

_____________________________

Una tarde que Anselmo estaba en el bar, sentado en silencio en un rincón y mirando fijamente su vaso de vino, que normalmente no le servían, como si lo vigilase para que no desapareciese, no sé por qué, me senté a su lado y con la sensibilidad que me caracteriza le pregunté por el asesinato.

A pesar de su edad y sus achaques, me miró como un tigre a quien le tiran del rabo ¿quién dijo que los viejitos son dulces? Al momento se tranquilizó y me dijo

― Claro, tu eres el nieto de la costurera ― y con eso debió creer que lo había explicado todo porque volvió a mirar el vaso como si allí estuviese escrito todo lo que no contaba.

― Ahora ya no tiene que preocuparse, es muy mayor y no pueden encerrarle. Si le sirve de algo, solo lo sabíamos mi abuela y yo, nadie mas.

Me miró como pensando si debía decirme algo o mandarme al cuerno y al rato me habló

― Mejor sigue callado, como hasta ahora; no quiero que se sepa. A mi ahora ya no me importa, pero no creo que a mi hija le gustase que la digan que es hija de un asesino. Tampoco creo que el difunto dejase ningún ser querido ni nadie a quien le importase; era bastante mala persona y no recuerdo que tuviese familia. Al principio me sentía acosado; creía que cualquier policía o guardia civil que andase cerca venía a por mí, como lobos cercando a un ternero. Pensé si tendría que deshacerme de tu abuela, pero nadie daba señales de saberlo, luego supuse que no me había reconocido o que no contaba nada; cuando me crucé alguna vez con ella no mostró miradas huidizas ni recriminatorias. Luego fue un malestar por el ejemplo que podría ser para mis hijos si se enteraban;  solo tuve algunos ataques de angustia y algunas pesadillas donde el muerto levantaba la cabeza y se reía de mí con  la sangre brotándole de la boca. Desde entonces vivo con ello, nada mas; sé que no me han cogido ni me van a coger, solo siento algo que no es remordimiento y que hasta ahora no sabía qué era. Sigo sin saberlo, pero sé como quitármelo de encima... igual que tu abuela, dejando que seas tú quien piense en ello una vez que te lo cuente.

El desgraciado de él me contó los sórdidos detalles y se quedó fresco como una rosa. Levantó hacia mí su vaso, me sonrió y dijo ― Fin, a partir de ahora es cosa tuya si lo cuentas o no, si lo sueltas o te lo comes, je, je.

_____________________________

Y yo os lo cuento con la esperanza de que seáis vosotros quienes penséis en ello, pero creo que como mi abuela sabía bien, no soy lo bastante listo como para deshacerme de ello y seguiré intentando obtener alguna conclusión ética o estética de esta historia. A Anselmo ya no le importa nada; falleció la semana pasada después de haberse reconciliado con todo el barrio. Últimamente era bastante mas tratable; sonreía a la gente y se había hecho amigo del perro, al que sacaba a pasear sin que se lo pidiesen y al que daba golosinas a escondidas de su hija.

MvM

miércoles, 16 de julio de 2008

Buenas intenciones


Mis tres o cuatro lectores ya sabéis que en este blog no hay casi nada cierto, pero esto sí lo es.

He recibido en el e-correo una nota de uno de vosotros que, con muchísimo cuidado para no hacer sangre, me ha dicho, mas o menos, que si pienso vivir de escribir es mejor que lo olvide. Respuesta: bien claro está en la cabecera, “esto no es literatura”. Solo lo hago porque me gusta leer y escuchar historias, anécdotas, relatos y todo aquello que cuente una historia.

No soy un fino y sofisticado degustador de libros y me fio más de lo que me gusta que de lo que me venden, pero creo que sé distinguir lo que es bueno. En todo caso, conozco y lamento mis limitaciones.

A ver, clarito, ESTO NO ES LITERATURA y creo que haríais bien en tomarlo como esas cosas intrascendentes que nos contamos unos a otros a lo largo del día y que no merecen ser recordadas.

Agradezco al interesado su preocupación por que no me sienta defraudado, pero lo que no se espera no se anhela y no espero comentarios elogiosos.

___________________________________

Creía que lo había publicado cuando comencé este blog, pero he revisado las entradas y veo que lo olvidé:

Principios de "se non è vero"

  • Esto no es literatura.
  • Casi nada de lo que aquí aparece es cierto.
  • Todo es propio. La excepción es el comodín de la cabecera, que es de Heraclio Fournier.
  • Como todo es mio, todo es gratis. No hay derechos de autor ni nada parecido. Si algo te interesa, tómalo. En cuanto al bufón, si el señor Fournier no se ha molestado porque yo lo cogiese, no veo porqué iba a molestarle que lo tome otro.

domingo, 13 de julio de 2008

Viven entre nosotros

Esta tarde ha aparecido Simone por el bar; como siempre que viene por aquí, me ha hecho una visita. Voy a contaros como la conocí.

Hace tiempo tuve que ir a Vigo por motivos familiares. Como no podía tomar días libres y tampoco tenía gana de conducir tantos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, me pareció adecuado tomar el tren nocturno e intentar dormir algo durante el viaje.

Llegué con tiempo y ocupé mi sitio en el convoy: coche 101, departamento 3, plaza 303. Saqué de la bolsa los dos libros con los que pensaba ocupar el tiempo hasta amodorrarme y los hojeé por encima. Uno de ellos era un tratado sobre numeración finita que me veía obligado a consultar para resolver unos problemas en un seminario que estaba impartiendo. El otro era un ejemplar de bolsillo de "Un ojo de vidrio (memorias de un esqueleto)", de Castelao, que me habían regalado hacía tiempo y aún no había abierto ¿qué mejor para un viaje a Galicia que un texto del padre del gallegismo?, ¿qué mejor que un libro que no llega a las ochenta páginas para leer entero antes de dormir? El ruido de la estación, la falta de mesa, la luz inadecuada para un texto en letra pequeña,... me decidieron por el relato; el libro de texto ya lo ojearía en el hotel, pues a pesar de la insistencia de mi tía y asustado solo de pensar en ella desviviéndose por cumplir como la perfecta anfitriona de familiares, me excusé y tomé habitación en un hotel.

No había leído tres páginas cuando llegaron, casi al mismo tiempo, mis compañeros de viaje. La primera en aparecer parecía la Miss Sayer de "la reina de África", una inglesa de opereta: larguirucha, pecosa y pelirroja; vestía de forma informal pero igualmente seudo británica, una chaqueta de tweed con coderas. Aparentaba tener entre treinta y cuarenta años, imposible precisar más. Se presentó como Simone, residente en A Coruña y en Madrid, según le viniese mejor. Inmediatamente se estableció entre nosotros una corriente de simpatía.

Seguidamente entró en el departamento una matrona de aspecto severo que apenas saludó con un "buenas noches tengan ustedes" y se sentó, muy tiesa, frente a mí. No nos dijo su nombre, y aunque no me miraba, su actitud, tan estirada, tan quieta y tan pálida como una figura de cera, me puso muy nervioso. Vestía ropa oscura bastante anticuada, aunque no se apreciaba desgaste por el uso y se veía que era de calidad. Completaban su atuendo un collar de perlas como nueces que juraría que era auténtico y algunos anillos de pedrería con aspecto de valer más que muchos de mis salarios.

El último en instalarse fue un tipo maduro de aspecto desbordante, no por su volumen, sino porque parecía bullir continuamente, no paró ni un momento de hablar y moverse. Este si se presentó; dijo ser el marqués de Abredes, tan satisfecho de sí mismo como si nos hubiese revelado que era el arcángel San Gabriel y que venía a proporcionarnos las claves para entrar en el paraíso. Era peculiar también en su atuendo, con ropa totalmente nueva y ostentosa, todo con un par de centímetros de desfase: los zapatos con una puntera ligeramente excesiva, el pantalón algo ajustado, la camisa un pelín estridente y con el cuello abierto un botón de más, mostrando una mata de pelo negro sobre un pecho amarillento, reloj, pulseras y anillos bastante cargados de oro, el pelo ralo por encima y con caracolillos engominados en el cuello. Todo el parecía tener la consistencia y el brillo del sebo.

Cuando cesó el trajín de bultos y maletas y cada uno de nosotros estuvo en su asiento, volví a abrir mi libro intentando evitar conversaciones sobre el tiempo o sobre quiénes éramos ya a qué nos dedicábamos pues mi profesión y procedencia nunca han sido uno de mis temas favoritos y, aunque sentía curiosidad por Simone, que me parecía una persona interesante, el precio a pagar hubiera sido enterarme de quienes eran los otros dos y además explicar quién era yo, así que dejé para más adelante la conversación a la espera de que se presentase otra ocasión. Aunque a toro pasado es fácil decir que ya los veía raros, ciertamente es que lo eran; tanto por su aspecto como por su forma de hablar o su comportamiento no parecía que se pudiese confiar en ellos para nada.

La matrona se limitó a farfullar para sí algo sobre la mala educación, pero el pequeño libro no fue obstáculo para la facundia del marqués, que hizo algunos comentarios sobre la conveniencia de leer con tan poca luz y una obra tan poco adecuada para hacerlo de noche. Debo explicar para quien no lo haya leído, que es un cuento cómico bastante macabro sobre la vida de ultratumba, con esqueletos que juegan con cráneos de niños y muertos vivientes, y con una carga social pretendidamente demoledora pero que ahora nos parece bastante inocente y lineal; en todo caso, una obra curiosa. Y sobre esta base, el marqués nos hizo partícipes de algunos lugares comunes y consejas de pueblo sobre los misterios de la noche, la más inquietante de las cuales era que "los vampiros existen, vaya que sí, si yo les contase...”, a lo que la matrona respondió que "si no sabía de lo que hablaba, debería callarse y si lo sabía, debía callar con más motivo", enzarzándose en una discusión que solo ellos eran capaces de seguir. opositeEl marqués dirigía a la matrona miradas como dardos desde las rendijas de sus ojillos enrojecidos; la matrona le taladraba con unas miradas fijas desde unos ojos sin más expresión que su dureza. Simone, que seguía con curiosidad y descaro los acontecimientos (solo le faltaba tomar notas) me miró significativamente y salió en dirección al vagón cafetería; tras unos momentos emití un tímido "disculpen" y también salí huyendo de la batalla que se adivinaba.

Cuando aparecí en la cafetería con aspecto de gato escaldado, me obsequió con una sonrisa y con un carajillo que me había pedido, previendo que no íbamos a poder echar una cabezada con aquellos dos elementos compartiendo nuestro espacio. Me contó entonces algunas cosas de ella. No, no era inglesa, sino gallega por su padre y normanda por su madre. Impartía antropología en una universidad en Madrid y, según ella, compartíamos el sello característico de muchos profesores, a lo que atribuía el mutuo interés que nos habíamos mostrado. La panocha de su cabeza y el aspecto de noble rural británica que exhibía también eran otra razón para interesarme por ella, pero lo callé, pues parecía que iba a ofrecerme una monografía conversacional y me apetecía escuchar a alguien con cosas que decir y que no me obligase a demasiadas respuestas.

Durante un rato la conversación, como no, fue sobre nuestros compañeros de compartimento. Simone, viajera habitual de esa ruta, los había visto otras veces aunque nunca había compartido recinto con ellos ni los había vistos juntos. Después seguimos hablando sobre nuestros trabajos, cuyo único punto en común era el de desarrollarse con alumnos universitarios: ella era catedrática y yo profesor eventual; su campo era la humanidad imprevisible y el mío las matemáticas exactas; ella progresaba en un trabajo de campo y yo me limitaba, por el momento, a dar clases; ella publicaba habitualmente y era invitada a dar conferencias y seminarios, mientras que yo tenía bastante con que se acordasen de mí en el claustro y en mis clases; me consuela saber que aún tengo bastante carrera por delante. Me contó que su investigación actual era, precisamente, acerca de los mitos sobre muertos vivientes en Galicia y el norte de Portugal, y que, aunque el libro que yo estaba leyendo no tenía conexión directa con su labor, lo había leído por no dejar ningún elemento potencialmente útil sin revisar. Y así proseguimos el viaje, entre anécdotas, cafés y silencios, sin osar regresar con aquellos ogros, respecto a los cuales Simone, entre dos chupitos de orujo, dictaminó que debían de ser vampiros. Apoyaba su opinión, aparte de en el orujo, en varios puntos que científicamente me expuso por orden: a) sus facciones eran anormales, la tez de la matrona como cera y la del marqués como de pollo seboso, sus ojos crueles y carentes de vida; b) los dos se habían puesto nerviosos al hablar de los muertos vivientes, como si se hubiesen visto sorprendidos; c) se comportaban como si fuesen superiores a cualquiera de nosotros, pobres humanos mortales; d) etc.; e) más etc... Aquellos "científicos" argumentos alcohólicos no me convencían nada, tal vez fuese mi formación en ciencias exactas, pero como el juego dialéctico se prestaban a argumentar, argumenté que vale, que seguramente por eso viajaban en tren nocturno del que seguramente se apearían antes de que amaneciese para regresar a sus mausoleos, que en dos personas de cierta edad hubiera sido normal ver alguna colgante en forma de cruz o una medallita de San Cristóbal y que era anómalo que no llevasen nada de eso, que me había parecido que la matrona tenía colmillos algo más aguzados de lo habitual, y tantas otras tonterías que nos hicieron viajar entretenidos, aunque mi estado de ánimo oscilaba entre inquieto y asustado cada vez que recordaba a aquellos de los que habíamos huido.

A pesar de que la conversación era amena y la compañía muy buena, me arriesgué a volver para coger un jersey de mi equipaje. No pude llegar al compartimento, pues había un gran barullo y todo el pasaje estaba en el pasillo intentando enterarse de qué ocurría pero sin acercarse demasiado, pues de allí venían voces, golpes, gritos salvajes, ¡humo!, un ruido sordo parecido a una explosión, fogonazos y un cegador resplandor rojo que invadió el pasillo. Aquella algarabía, incrementada en la que hacían los curiosos, no me hacía olvidar la preocupación por mi maleta, en la que se encontraba un sobre con el regalo para los primos, que maldita la gracia que me había hecho retirar de mis escasos ahorros ―en la invitación, precavidos ellos, ponía expresamente "rogamos que si pensáis hacernos algún regalo, sea dinero en efectivo"― y algunos materiales para preparar unas clases cuya reposición me supondría bastante tiempo y trabajo. Todo ello duró unos minutos, lo que tardó el convoy en hacer la parada de Zamora y que tomasen el vagón unos policías cuya presencia dispersó al momento a los curiosos. Aproveché que el pasillo había quedado expedito para, superando mis temores, ir a recoger mis cosas. Me quedé estupefacto cuando entré allí, con dos butacas quemadas, paredes hundidas por golpes, algunas maletas reventadas y desparramadas, olor a fósforo, los despojos de una batalla inhumana y feroz. Seguidamente me encontré detenido (retenido) por dos agentes que, amables pero inflexibles, me condujeron junto con mi maleta y mi portafolios a la comisaría de la estación, donde me dejaron en manos de otro agente que deduje por sus estrellas que era su superior. No había ni rastro de aquellos dos, como si se hubiesen convertido en humo.

El policía hizo las inevitables bromas sobre mi apellido y si iba a decir la verdad, pero tal como se iba desarrollando la noche, con falta de sueño y entre sobresaltos, ignoré las bromas y permanecí con cara de póker a la espera de que me preguntasen lo que me tuviesen que preguntar y me dejasen continuar el viaje. Esperaba quedarme en tierra y tener que seguir hasta Vigo en otro tren, en taxi o con cualquier otro contratiempo no previsto, pero solo me preguntaron si conocía a la matrona o al marqués, que habían dicho y hecho mientras permanecieron en el tren y si mi equipaje era mi equipaje: contesté, me devolvieron mis cosas, milagrosamente ilesas excepto a un cierto olor a humo, y me pusieron en manos del revisor para que me acomodase de nuevo, pues el tren se había retrasado al tener que sustituir el vagón averiado y reubicar a los pasajeros.

El factor del ferrocarril, un señor mayor, no respondió a mis preguntas más que con evasivas: esos ya no volverían a meterse con nadie... estaban en el lugar del que no hubieran debido salir... si, les conocía y no, nunca le habían gustado. Me dejó en mi nuevo asiento deseándome que durmiese y se alejó a tender a otros pasajeros.

Y llegué a Vigo. Al apearme del tren vi a Simone, que cuando me vio me invitó a desayunar.

― ¿Qué tal la noche, o lo que te han dejado de noche?

― Ajetreada. Es que he dormido poco y no tengo la cabeza muy clara, te parecerá una tontería… pero… ¿realmente serían…?

― ¿Qué, vampiros? Casi. Son aterradores y viven de chuparles la vida a otros, pero no son muertos vivientes. La señora es Doña Rosa, una usurera bastante conocida en casi toda Galicia por su reputación de intransigente, por su dureza en los plazos e intereses y por su costumbre de envíar matones a cobrar a los morosos. Había desaparecido una temporada porque se le suicidó un cliente, que no es el primero, pero es el primero que ha salido en las noticias. El marqués no es tal, pero compró un pazo y desde entonces se presenta así. Este se dedica a cualquier actividad que dé dinero en cantidad, como el transporte y tráfico de estupefacientes, tratos con las mafias rusas, vigilancia y asesoramiento para pateras, robo de almacenes y camiones y cualquier otro que se te ocurra, así como los correspondientes negocios legales para blanquear lo anterior. A ambos los estaban buscando, a la doña, además de por sus negocios, por los métodos con que reclamaba los pagos, pues más de una vez se les ha ido la mano; a él por … por todo. Su prepotencia les ha perdido; ninguno fue capaz de dejar pasar las provocaciones del otro. Ahora están en el hospital, esposados a sus respectivas camas hasta que los trasladen a un penal.

― ¿Y los fogonazos y las luces?

― El marqués, que llevaba una pistola de bengalas. No necesitan licencia y siempre puede alegar que la había comprado para dejarla en uno de sus barcos. Una forma de ir armado sin llevar un arma.

Cada momento que pasaba me sentía más pardillo ― Y, si ya lo sabías… ¿por qué me has dejado creerlo?, ¿y todos esos detalles?

― Pobre Mario. Era una broma que se me fue de las manos. ¿No creerás que sabía que iba a terminar así? Te lo resumo: sabía quienes son y a lo que se dedican, en Galicia es vox pópuli. De lo demás me he enterado mientras estaba "distraída" al lado de unos agentes que habían salido al andén a fumar.

― Soy un ingenuo, pero me alegro de serlo. Mi mundo es mucho más sencillo.

― Venga, Mario, no te enfades; ya me he disculpado. No me dejes así, seamos amigos.

Y así es como conocí a Simone.

MvM