miércoles, 16 de julio de 2008

Buenas intenciones


Mis tres o cuatro lectores ya sabéis que en este blog no hay casi nada cierto, pero esto sí lo es.

He recibido en el e-correo una nota de uno de vosotros que, con muchísimo cuidado para no hacer sangre, me ha dicho, mas o menos, que si pienso vivir de escribir es mejor que lo olvide. Respuesta: bien claro está en la cabecera, “esto no es literatura”. Solo lo hago porque me gusta leer y escuchar historias, anécdotas, relatos y todo aquello que cuente una historia.

No soy un fino y sofisticado degustador de libros y me fio más de lo que me gusta que de lo que me venden, pero creo que sé distinguir lo que es bueno. En todo caso, conozco y lamento mis limitaciones.

A ver, clarito, ESTO NO ES LITERATURA y creo que haríais bien en tomarlo como esas cosas intrascendentes que nos contamos unos a otros a lo largo del día y que no merecen ser recordadas.

Agradezco al interesado su preocupación por que no me sienta defraudado, pero lo que no se espera no se anhela y no espero comentarios elogiosos.

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Creía que lo había publicado cuando comencé este blog, pero he revisado las entradas y veo que lo olvidé:

Principios de "se non è vero"

  • Esto no es literatura.
  • Casi nada de lo que aquí aparece es cierto.
  • Todo es propio. La excepción es el comodín de la cabecera, que es de Heraclio Fournier.
  • Como todo es mio, todo es gratis. No hay derechos de autor ni nada parecido. Si algo te interesa, tómalo. En cuanto al bufón, si el señor Fournier no se ha molestado porque yo lo cogiese, no veo porqué iba a molestarle que lo tome otro.

domingo, 13 de julio de 2008

Viven entre nosotros

Esta tarde ha aparecido Simone por el bar; como siempre que viene por aquí, me ha hecho una visita. Voy a contaros como la conocí.

Hace tiempo tuve que ir a Vigo por motivos familiares. Como no podía tomar días libres y tampoco tenía gana de conducir tantos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, me pareció adecuado tomar el tren nocturno e intentar dormir algo durante el viaje.

Llegué con tiempo y ocupé mi sitio en el convoy: coche 101, departamento 3, plaza 303. Saqué de la bolsa los dos libros con los que pensaba ocupar el tiempo hasta amodorrarme y los hojeé por encima. Uno de ellos era un tratado sobre numeración finita que me veía obligado a consultar para resolver unos problemas en un seminario que estaba impartiendo. El otro era un ejemplar de bolsillo de "Un ojo de vidrio (memorias de un esqueleto)", de Castelao, que me habían regalado hacía tiempo y aún no había abierto ¿qué mejor para un viaje a Galicia que un texto del padre del gallegismo?, ¿qué mejor que un libro que no llega a las ochenta páginas para leer entero antes de dormir? El ruido de la estación, la falta de mesa, la luz inadecuada para un texto en letra pequeña,... me decidieron por el relato; el libro de texto ya lo ojearía en el hotel, pues a pesar de la insistencia de mi tía y asustado solo de pensar en ella desviviéndose por cumplir como la perfecta anfitriona de familiares, me excusé y tomé habitación en un hotel.

No había leído tres páginas cuando llegaron, casi al mismo tiempo, mis compañeros de viaje. La primera en aparecer parecía la Miss Sayer de "la reina de África", una inglesa de opereta: larguirucha, pecosa y pelirroja; vestía de forma informal pero igualmente seudo británica, una chaqueta de tweed con coderas. Aparentaba tener entre treinta y cuarenta años, imposible precisar más. Se presentó como Simone, residente en A Coruña y en Madrid, según le viniese mejor. Inmediatamente se estableció entre nosotros una corriente de simpatía.

Seguidamente entró en el departamento una matrona de aspecto severo que apenas saludó con un "buenas noches tengan ustedes" y se sentó, muy tiesa, frente a mí. No nos dijo su nombre, y aunque no me miraba, su actitud, tan estirada, tan quieta y tan pálida como una figura de cera, me puso muy nervioso. Vestía ropa oscura bastante anticuada, aunque no se apreciaba desgaste por el uso y se veía que era de calidad. Completaban su atuendo un collar de perlas como nueces que juraría que era auténtico y algunos anillos de pedrería con aspecto de valer más que muchos de mis salarios.

El último en instalarse fue un tipo maduro de aspecto desbordante, no por su volumen, sino porque parecía bullir continuamente, no paró ni un momento de hablar y moverse. Este si se presentó; dijo ser el marqués de Abredes, tan satisfecho de sí mismo como si nos hubiese revelado que era el arcángel San Gabriel y que venía a proporcionarnos las claves para entrar en el paraíso. Era peculiar también en su atuendo, con ropa totalmente nueva y ostentosa, todo con un par de centímetros de desfase: los zapatos con una puntera ligeramente excesiva, el pantalón algo ajustado, la camisa un pelín estridente y con el cuello abierto un botón de más, mostrando una mata de pelo negro sobre un pecho amarillento, reloj, pulseras y anillos bastante cargados de oro, el pelo ralo por encima y con caracolillos engominados en el cuello. Todo el parecía tener la consistencia y el brillo del sebo.

Cuando cesó el trajín de bultos y maletas y cada uno de nosotros estuvo en su asiento, volví a abrir mi libro intentando evitar conversaciones sobre el tiempo o sobre quiénes éramos ya a qué nos dedicábamos pues mi profesión y procedencia nunca han sido uno de mis temas favoritos y, aunque sentía curiosidad por Simone, que me parecía una persona interesante, el precio a pagar hubiera sido enterarme de quienes eran los otros dos y además explicar quién era yo, así que dejé para más adelante la conversación a la espera de que se presentase otra ocasión. Aunque a toro pasado es fácil decir que ya los veía raros, ciertamente es que lo eran; tanto por su aspecto como por su forma de hablar o su comportamiento no parecía que se pudiese confiar en ellos para nada.

La matrona se limitó a farfullar para sí algo sobre la mala educación, pero el pequeño libro no fue obstáculo para la facundia del marqués, que hizo algunos comentarios sobre la conveniencia de leer con tan poca luz y una obra tan poco adecuada para hacerlo de noche. Debo explicar para quien no lo haya leído, que es un cuento cómico bastante macabro sobre la vida de ultratumba, con esqueletos que juegan con cráneos de niños y muertos vivientes, y con una carga social pretendidamente demoledora pero que ahora nos parece bastante inocente y lineal; en todo caso, una obra curiosa. Y sobre esta base, el marqués nos hizo partícipes de algunos lugares comunes y consejas de pueblo sobre los misterios de la noche, la más inquietante de las cuales era que "los vampiros existen, vaya que sí, si yo les contase...”, a lo que la matrona respondió que "si no sabía de lo que hablaba, debería callarse y si lo sabía, debía callar con más motivo", enzarzándose en una discusión que solo ellos eran capaces de seguir. opositeEl marqués dirigía a la matrona miradas como dardos desde las rendijas de sus ojillos enrojecidos; la matrona le taladraba con unas miradas fijas desde unos ojos sin más expresión que su dureza. Simone, que seguía con curiosidad y descaro los acontecimientos (solo le faltaba tomar notas) me miró significativamente y salió en dirección al vagón cafetería; tras unos momentos emití un tímido "disculpen" y también salí huyendo de la batalla que se adivinaba.

Cuando aparecí en la cafetería con aspecto de gato escaldado, me obsequió con una sonrisa y con un carajillo que me había pedido, previendo que no íbamos a poder echar una cabezada con aquellos dos elementos compartiendo nuestro espacio. Me contó entonces algunas cosas de ella. No, no era inglesa, sino gallega por su padre y normanda por su madre. Impartía antropología en una universidad en Madrid y, según ella, compartíamos el sello característico de muchos profesores, a lo que atribuía el mutuo interés que nos habíamos mostrado. La panocha de su cabeza y el aspecto de noble rural británica que exhibía también eran otra razón para interesarme por ella, pero lo callé, pues parecía que iba a ofrecerme una monografía conversacional y me apetecía escuchar a alguien con cosas que decir y que no me obligase a demasiadas respuestas.

Durante un rato la conversación, como no, fue sobre nuestros compañeros de compartimento. Simone, viajera habitual de esa ruta, los había visto otras veces aunque nunca había compartido recinto con ellos ni los había vistos juntos. Después seguimos hablando sobre nuestros trabajos, cuyo único punto en común era el de desarrollarse con alumnos universitarios: ella era catedrática y yo profesor eventual; su campo era la humanidad imprevisible y el mío las matemáticas exactas; ella progresaba en un trabajo de campo y yo me limitaba, por el momento, a dar clases; ella publicaba habitualmente y era invitada a dar conferencias y seminarios, mientras que yo tenía bastante con que se acordasen de mí en el claustro y en mis clases; me consuela saber que aún tengo bastante carrera por delante. Me contó que su investigación actual era, precisamente, acerca de los mitos sobre muertos vivientes en Galicia y el norte de Portugal, y que, aunque el libro que yo estaba leyendo no tenía conexión directa con su labor, lo había leído por no dejar ningún elemento potencialmente útil sin revisar. Y así proseguimos el viaje, entre anécdotas, cafés y silencios, sin osar regresar con aquellos ogros, respecto a los cuales Simone, entre dos chupitos de orujo, dictaminó que debían de ser vampiros. Apoyaba su opinión, aparte de en el orujo, en varios puntos que científicamente me expuso por orden: a) sus facciones eran anormales, la tez de la matrona como cera y la del marqués como de pollo seboso, sus ojos crueles y carentes de vida; b) los dos se habían puesto nerviosos al hablar de los muertos vivientes, como si se hubiesen visto sorprendidos; c) se comportaban como si fuesen superiores a cualquiera de nosotros, pobres humanos mortales; d) etc.; e) más etc... Aquellos "científicos" argumentos alcohólicos no me convencían nada, tal vez fuese mi formación en ciencias exactas, pero como el juego dialéctico se prestaban a argumentar, argumenté que vale, que seguramente por eso viajaban en tren nocturno del que seguramente se apearían antes de que amaneciese para regresar a sus mausoleos, que en dos personas de cierta edad hubiera sido normal ver alguna colgante en forma de cruz o una medallita de San Cristóbal y que era anómalo que no llevasen nada de eso, que me había parecido que la matrona tenía colmillos algo más aguzados de lo habitual, y tantas otras tonterías que nos hicieron viajar entretenidos, aunque mi estado de ánimo oscilaba entre inquieto y asustado cada vez que recordaba a aquellos de los que habíamos huido.

A pesar de que la conversación era amena y la compañía muy buena, me arriesgué a volver para coger un jersey de mi equipaje. No pude llegar al compartimento, pues había un gran barullo y todo el pasaje estaba en el pasillo intentando enterarse de qué ocurría pero sin acercarse demasiado, pues de allí venían voces, golpes, gritos salvajes, ¡humo!, un ruido sordo parecido a una explosión, fogonazos y un cegador resplandor rojo que invadió el pasillo. Aquella algarabía, incrementada en la que hacían los curiosos, no me hacía olvidar la preocupación por mi maleta, en la que se encontraba un sobre con el regalo para los primos, que maldita la gracia que me había hecho retirar de mis escasos ahorros ―en la invitación, precavidos ellos, ponía expresamente "rogamos que si pensáis hacernos algún regalo, sea dinero en efectivo"― y algunos materiales para preparar unas clases cuya reposición me supondría bastante tiempo y trabajo. Todo ello duró unos minutos, lo que tardó el convoy en hacer la parada de Zamora y que tomasen el vagón unos policías cuya presencia dispersó al momento a los curiosos. Aproveché que el pasillo había quedado expedito para, superando mis temores, ir a recoger mis cosas. Me quedé estupefacto cuando entré allí, con dos butacas quemadas, paredes hundidas por golpes, algunas maletas reventadas y desparramadas, olor a fósforo, los despojos de una batalla inhumana y feroz. Seguidamente me encontré detenido (retenido) por dos agentes que, amables pero inflexibles, me condujeron junto con mi maleta y mi portafolios a la comisaría de la estación, donde me dejaron en manos de otro agente que deduje por sus estrellas que era su superior. No había ni rastro de aquellos dos, como si se hubiesen convertido en humo.

El policía hizo las inevitables bromas sobre mi apellido y si iba a decir la verdad, pero tal como se iba desarrollando la noche, con falta de sueño y entre sobresaltos, ignoré las bromas y permanecí con cara de póker a la espera de que me preguntasen lo que me tuviesen que preguntar y me dejasen continuar el viaje. Esperaba quedarme en tierra y tener que seguir hasta Vigo en otro tren, en taxi o con cualquier otro contratiempo no previsto, pero solo me preguntaron si conocía a la matrona o al marqués, que habían dicho y hecho mientras permanecieron en el tren y si mi equipaje era mi equipaje: contesté, me devolvieron mis cosas, milagrosamente ilesas excepto a un cierto olor a humo, y me pusieron en manos del revisor para que me acomodase de nuevo, pues el tren se había retrasado al tener que sustituir el vagón averiado y reubicar a los pasajeros.

El factor del ferrocarril, un señor mayor, no respondió a mis preguntas más que con evasivas: esos ya no volverían a meterse con nadie... estaban en el lugar del que no hubieran debido salir... si, les conocía y no, nunca le habían gustado. Me dejó en mi nuevo asiento deseándome que durmiese y se alejó a tender a otros pasajeros.

Y llegué a Vigo. Al apearme del tren vi a Simone, que cuando me vio me invitó a desayunar.

― ¿Qué tal la noche, o lo que te han dejado de noche?

― Ajetreada. Es que he dormido poco y no tengo la cabeza muy clara, te parecerá una tontería… pero… ¿realmente serían…?

― ¿Qué, vampiros? Casi. Son aterradores y viven de chuparles la vida a otros, pero no son muertos vivientes. La señora es Doña Rosa, una usurera bastante conocida en casi toda Galicia por su reputación de intransigente, por su dureza en los plazos e intereses y por su costumbre de envíar matones a cobrar a los morosos. Había desaparecido una temporada porque se le suicidó un cliente, que no es el primero, pero es el primero que ha salido en las noticias. El marqués no es tal, pero compró un pazo y desde entonces se presenta así. Este se dedica a cualquier actividad que dé dinero en cantidad, como el transporte y tráfico de estupefacientes, tratos con las mafias rusas, vigilancia y asesoramiento para pateras, robo de almacenes y camiones y cualquier otro que se te ocurra, así como los correspondientes negocios legales para blanquear lo anterior. A ambos los estaban buscando, a la doña, además de por sus negocios, por los métodos con que reclamaba los pagos, pues más de una vez se les ha ido la mano; a él por … por todo. Su prepotencia les ha perdido; ninguno fue capaz de dejar pasar las provocaciones del otro. Ahora están en el hospital, esposados a sus respectivas camas hasta que los trasladen a un penal.

― ¿Y los fogonazos y las luces?

― El marqués, que llevaba una pistola de bengalas. No necesitan licencia y siempre puede alegar que la había comprado para dejarla en uno de sus barcos. Una forma de ir armado sin llevar un arma.

Cada momento que pasaba me sentía más pardillo ― Y, si ya lo sabías… ¿por qué me has dejado creerlo?, ¿y todos esos detalles?

― Pobre Mario. Era una broma que se me fue de las manos. ¿No creerás que sabía que iba a terminar así? Te lo resumo: sabía quienes son y a lo que se dedican, en Galicia es vox pópuli. De lo demás me he enterado mientras estaba "distraída" al lado de unos agentes que habían salido al andén a fumar.

― Soy un ingenuo, pero me alegro de serlo. Mi mundo es mucho más sencillo.

― Venga, Mario, no te enfades; ya me he disculpado. No me dejes así, seamos amigos.

Y así es como conocí a Simone.

MvM

domingo, 22 de junio de 2008

La prima Paula

 

Hola. Soy Julia de nuevo. Le estoy cogiendo gusto a este blog. He chantajeado a Mario y le he secuestrado su espacio.

Después de lo de Anselmo (por cierto ¿como llegó aquí ese texto?), un viejo realmente desagradable, me gustaría escribir algo más amable; voy a hablaros de mi prima Paula.

Comienza el relato

Mi abuelo materno adquirió una caserón en la costa que usamos toda la familia. Todos los veranos hay un trasiego contínuo de tíos y primos, y hasta que murió el abuelo aquello era una gran tribu. Mucha de mi niñez y juventud está entre sus paredes: la cuadrilla del verano, los primos, los perros, la playa y las excursiones. Ahora está comenzando la siguiente generación de niños, pero son aún muy pequeños. Ojalá pasen allí tantos buenos días como yo.

El pasado fin de semana estuvimos allí y coincidimos con Paula, mi prima, y Javier, su chico. También pasaron por allí otros primos, pero apenas los vimos.

El sábado a mediodía Pedro y Javier se fueron a pescar, que en esencia es poner la caña y recostarse al lado a sestear, es decir, si cambiamos la caña por la toalla, lo mismo que hacemos nosotras en la playa. Paula y yo subimos al desván a buscar "tesoros". Después de tanto tiempo, todavía encontramos alguna cosa cuando escarbamos por allí.

Esta vez le han tocado el turno a las fotos. Paula encontró encima de un armario una caja que nunca habíamos visto. Cuando la abrimos encontramos varios álbumes y paquetes de fotos de varias épocas y supusimos que había sido la madre de Paula quien, en un rapto de orden, había juntado y ordenado someramente todas las fotografías que había encontrado por la casa. Muchos veranos y mucha familia resumida.

Fotos antiguas

La colección mas antigua tenía el aliciente de tener que reconocer a los retratados. Allí estaban las fotos mas antiguas de la familia, con los abuelos del abuelo en poses hieráticas, posando con sus mejores ropas ante una cámara de cajón, con algún fogonazo de magnesio y algún retoque a pincel. Los padres del abuelo, con vestidos algo más modernos pero en actitudes parecidas. Y los abuelos, en unas fotos posando con todos sus hijos, niños entonces, y en otras, más modernas, en actitudes mas desinhibidas.

Los tatarabuelos fueron gente trabajadora, de las que hacían lo que tenían que hacer, con la excepción temporal del del abuelo Mariano que, aún cuidando de su familia como hasta entonces y trabajando todo el día en su negocio de transporte marítimo, tuvo una amante. Al abuelo no le hacía gracia hablar de ello pero parecía comprensivo con la situación . Según él su abuela Amelia perdió el juicio por unas fiebres y su abuelo, más que una amante, buscó una compañera joven que le devolviese la esperanza y la alegría que casi había olvidado. Mis padres dicen que el abuelo trataba con cariño a aquella mujer, como si tuviese otra abuela. Por supuesto que debió haber habladurías en el pueblo, pero los vecinos en general fueron comprensivos, siempre según el abuelo y mis padres.

Nuestros padres

Otro album completo lo formaban las fotos "oficiales" de nuestros padres y tíos: bautizos, comuniones, bodas y otros eventos. Allí estaban nuestras propias madres con toga y birrete -y con unas estupendas permanentes de estilo casco- orgullosas de su licenciatura.

El tercero, y último de los que tenían cierto orden, mostraba a las mismas personas del anterior, pero con una visión distinta. Era el lugar donde encontrar fotos del Vespa Club, de meriendas multitudinarias y paellas en el campo; algunos hippis y existencialistas que ahora se reirían de ellos mismos en actitudes tan trascendentes, las primeras fotos de todos los primos gateando o jugando en el jardín, o haciéndoles judiadas a los perros, ...

Si tuviese que seleccionar una de estas fotos, elegiría una de colores desvaídos de los padres de Paula con ella y Luis, su hermano Alberto, acompañados de los niños de un colegio. La historia de esta foto es que el autobús que llevaba a los niños de excursión a la playa tuvo una avería -estamos hablando de unos tiempos en que no era tan fácil como ahora recurrir a los coches o traer otro autobús o un repuesto- en mitad de un aguacero -vaya día de playa- y los tíos invitaron a los profesores y a los niños, y también al conductor, a pasar a la casa, llamar por teléfono y tomar algo caliente. Y seguidamente se ocuparon de organizar un espectáculo de marionetas, disfraces, payasos y juegos con los medios de que disponían. La foto está hecha cuando escampó; los niños parecen habérselo pasado bién, los profesores y el conductor tienen una sonrisa de oreja a oreja, Paula y Alberto parecen contentos pero con cara de ¿qué ha pasado? y los tíos tienen, con disfraces y maquillajes caseros, tan mala pinta como todos los demás, pero sonríen felices y parecen agotados. Una bonita imagen. Muchos veranos después aún pasaban por la casa algunos de los participantes en aquella excursión preguntando por los tíos.  

Y luego había colecciones (algunas simplemente atadas o en sobres) de todo tipo cuyo elemento común era que todas eran de nuestra generación. Los primos: Paula, Gloria, Paul, Alberto, yo misma y otros que no nombro para no liarlo más y que actualmente viven lejos y no vienen nunca. Y con nosotros, el resto de los componentes de la cuadrilla del verano: Julián, María, Laura, Felipe, el otro Alberto, Javier -el que estaba pescando- y chicos y chicas que apenas recordábamos. En las más recientes ya aparecía Pedro.

Cuando estábamos repasando estos paquetes, aparecieron los chicos. Pedro planeó sobre la escena como un halcón, cogió una de las fotos que estaban sobre la mesa y, medio en serio medio en broma, se la dio a Javier -toma, siempre debió ser así. ¿Vamos a tomar una cerveza? Los demás tardamos unos segundos en apercibirnos de lo que había hecho y para que ustedes también lo sepan se lo voy a explicar, pero eso requiere que les cuente cosas sobre Paula y Javier, que es lo que voy a hacer.

Paula y Javier

Javier no veraneaba en el pueblo, vivía en allí. Su madre murió cuando él tenía seis años y su padre le había cuidado y educado con más cariño del habitual. Francisco, el padre, se llevaba muy bien con todos nosotros, que entrábamos y salíamos de su casa como si fuese propia. Tampoco tuvo nunca ningún reparo en preocuparse de nosotros o abroncarnos como nuestros propios padres. Tenía una librería en la ciudad y Javier iba al colegio también en la ciudad, con algunos de nosotros. Todos los días ambos tomaban el tren para ir cada uno a sus ocupaciones y a mediodía comían juntos en un restaurante, el hombre frente al niño, el hijo frente al padre. Se puede decir que el cuarto de estar de Javier fué la librería, y lo sigue siendo pues ahora que es Javier quien la regenta y su trastienda es uno de nuestros centros de operaciones. También tiene una imprenta y copistería industrial cuyos beneficios, según él, son los que mantienen la librería, que es lo que realmente le gusta. Javier es un tipo entrañable al que se le coge cariño enseguida. Es un largirucho de pelo claro que habla poco y sonríe mucho y, lo más importante para esta historia, desde siempre ha estado enamorado en silencio de Paula. 

Durante toda su niñez y adolescencia Paula fue una chiquilla sería, pálida y larguirucha. Aunque le dolía, nunca hizo mucho caso de los que se metían con ella, y ahora que es una mujer brillante y muy hermosa, tampoco necesita ninguna revancha. Es muy alta (según ella 170 cm., pero juraría que lo dice para no ofender. Calculo más de 175) y esbelta, tiene un tipazo que suele esconder, o eso cree ella, con tejanos, camisetas y deportivas, piel clara, ojazos azul profundo y pelo negro. Hizo una brillante carrera de economista en París con una beca y cuando volvió, el patito feo era un hermoso cisne y una cotizada profesional. Siempre hemos estado unidas, desde niñas. En la adolescencia, cuando la prima Gloria nos birlaba todos los chicos, o más bien me los birlaba a mí, porque Paula estaba convencida de que era una flaca no deseable y que Javier era solo un buen amigo, que siempre estaba atento a lo que ella quería porque era un buen chico; a veces daba lástima verle detrás de una chica tan cegata. ¡Como ha cambiado! Ahora sabe que impone con su presencia y con su profesionalidad. A veces la vemos con ropa de "negociar", como ella dice, que consiste en ponerse tacones de aguja, traje pantalón oscuro, blusa de seda, maletín, gafas y el pelo recogido; el efecto es que pasa de Heidi a Cruella de Ville en un momento, pero para nosotros sigue siendo mi prima y seguimos riéndonos, compartiendo los buenos y malos momentos y haciendo tonterías juntas.

Creo que me estoy desviando. Había dejado a Paula estudiando en París IX Dauphine. Allí, ya convertida en una muchacha preciosa, conoció a su futuro esposo, un muchacho de familia rica al que le pareció que Paula podría ser un buen trofeo. Se casaron el Los Jerónimos, en una ceremonia a la que asistió lo mejorcito de la alta sociedad. Las bases no eran buenas y ese matrimonio solo aguantó unas cuantas disensiones acerca de la conveniencia de que Paula olvidase su carrera para convertirse en una esposa decorativa ideal y unas pocas infidelidades de niño pijo y consentido. Cuando Paula cayó de la nube, renunció a tratar de salvar algo porque no había nada que salvar, todo era vacio: apariencia, lujo y bonitas palabras.

Paula volvió a casa de sus padres para poner en orden su vida. Buscó un trabajo y un apartamento y volvió a salir conmigo, y con Pedro, que ya vivía conmigo; ambos se hicieron amigos enseguida. Mi prima seguía bastante triste; se centraba en su trabajo, procuraba no hablar de sus penas y convivía con sus malos recuerdos ... hasta aquel día.

Estábamos citados los tres en una cafetería del centro (en La Fragata ¿os suena?). Paula y yo ya estábamos instaladas en una de las mesas cuando apareció Pedro acompañado de Javier, a quien no habíamos visto desde que Paula había vuelto. Antes de que pudiésemos salir de nuestra sorpresa dijo -según venía he recordado que tenía que comprar un libro y en la librería he encontrado a Javier y le he pedido que viniese a tomar algo con nosostros-. Para entonces ya no le estábamos escuchando ninguno de los tres. Paula y Javier solo se veían a ellos y tenían demasiadas cosas en el pecho para hacer caso a nadie más; yo estaba estupefacta de aquel celestineo de mi chico que él no tenía ninguna intención de desmentir, ni siquiera se molestó en explicarme por qué no traía ese libro que había ido a comprar. Más tarde le pregunté por lo que había hecho y su respuesta fue que no se puede dejar a alguien sufrir cuando es tan fácil evitarlo, y que si era un celestino pues vale, que viviría con esa cruz. Cuando me dice esas cosas tan serio como si estuviese en un juzgado me entra la risa y no puedo enfadarme con él, pero es que además tenía razón. Paula y Javier son ahora la pareja mejor avenida que conozco y creo que están pensando en hacernos tíos.

Creo que ya es hora de volver al punto donde empecé. La foto con la que comencé esta disgresión mostraba a unos Paula y Javier adolescentes jugando en la playa. Parecía que siempre hubiera sido novios, pero esa foto era solo un producto del azar; Paula me confesó que solo fué capaz de ver de verdad a Javier cuando Pedro se lo puso delante.

No sé si lo que más me gusta de Pedro es su intuición o su osadía.

Julia

Nota

He vuelto a publicar en mi otro blog, lo que no quiere decir que deje este.

martes, 3 de junio de 2008

Jubilados

¡Ajum!,¡ajum! vaya mierda de dia. Como a un perro me han echado a la calle -¡hala!, padre, vaya a comprar el pan ... saque a pasear al perro ... ande, déjeme arreglar la casa- como si molestase tanto en la cocina. Cuando eres viejo ya no te quiere nadie. Ni la hija ni el yerno, otro imbecil, que como trabaja con corbata cree que es mejor que yo. Mi mujer si que era buena; cuidó de sus padres y de los mios hasta que se murieron y de nuestra hija, y del chico, que no quiere saber nada conmigo, y de mí, que cuando volvía a casa tenía la comida en la mesa y casi nunca tenía que enfadarme. ¡Mírame ahora!, que tengo que aguantar a estos dos porque la pensión no da para más, que si no ... Solo me quiere el perro, y no hay manera de quitármelo de encima, ¡chucho meon!

Hala, a la puta calle. Qué diferencia con los tiempos en que era el mejor tornero del taller, cuando los aprendizes andaban detrás de mí para que les enseñase, que les enseñaba lo justo, no fuese que algún trepa me quitase el puesto, y el jefe no tenía cojones para decirme nada.

Tampoco puedo ir a los bares del barrio porque no me quieren poner un vino. En algunos no me dejan entrar porque dicen que no quieren borrachos y menos borrachos que no pagan. ¿Si ya saben que les pago en cuanto me llega la pensión!

-Buenos días, Anselmo.

-¡Ah!, buenos días- ¡imbecil!, ¿qué buenos días ni que gaitas?, como si fuesen buenos ... que con esta humedad la reuma me está jorobando, que ni puedo casi levantar el brazo para ponerme la boina. Voy a acercarme al Hogar del Jubilado, con los demás viejos. Estas son las únicas mujeres que me hablan ahora, y son unas ñoñas. En mis tiempos si que había mujeres, mujeres, ... Me estoy acordando de la Lupe, que trabajaba de puta, pero ¡que mujer!

-Hola Anselmo, ¿cómo está?

-Jodido, como siempre. Y tú, atiende a lo tuyo, que ya tienes bastante- Es que si no les paras, esta gente en seguida se toma confianzas. Sigue con tus cosas de conserje y déjame en paz, que yo no me meto en tus cosas. En cambio, la asistente social, la Loli, con esa si que tendría un asuntillo, que ya hay pocas mujeres con las cosas en su sitio, grandes y hermosas, que haya donde pillar.

-Anselmo, ¡ya está bien!, deje de mirarme el culo, y ni se le ocurra intentar tocármelo como al descuido, que el otro día no le solté un guantazo por no desgraciarle.

-¡Bah, bah!, imaginaciones tuyas, aunque ... si quisieras, ya te enseñaba lo que es un hombre de verdad.

-¿Un hombre?, una momia. ¡Venga hombre!, no sea desagradable, que ya cansa.

-Si señorita, un hombre de verdad, con noventa y cinco años, pero un hombre.

-Y encima coqueto. No se ponga años, que solo tiene noventa y uno.

No sé por qué vengo aquí. No hay mas que viejos blandengues y babosos. Mira a esa ... con el rollo de los bailes, que parece que tenga quince años, o esa otra de la calceta, ¿le quedará en casa algún rincón donde poner un tapetito? o a lo mejor los apila en un cajón. Y los viejos, como ese de ahí jugando al dominó. Hasta el mus nos han quitado. O aquel, que hace mariconadas de trabajos manuales y hasta los enseña orgulloso. Me dicen "Anselmo, no sea así" o "Anselmo, no se enfade"; ¡gilipollas!, que son como tontos.

Me voy al parque, donde no tenga que ver tanta tontería ... aunque tampoco aguanto a los niños gritones y alborotadores ni a las parejitas, aunque a ellas da gusto verlas. Y luego a casa, a discutir otra vez con la hija. ¡Quite de en medio, atontao!, ¡si es que ya no le respetan a uno!

MvM

martes, 20 de mayo de 2008

Julia

Esta mañana Andrea, la administrativa del estudio, me ha dicho con mucho misterio que había leído algo sobre mí en internet, y que no era un artículo profesional. La curiosidad que me ha despertado le ha salvado de una reprimenda por haber estado trasteando en la red en horas de trabajo; aunque mis reprimendas le importan solamente un poco mas que nada: pone cara de compungida, me saca la lengua, se ríe, hace que me ría y ya está, no ha pasado nada

Bien, bien , bien. Era un comentario sobre nosotros, Pedro y yo, que había escrito un tal Mario.

Después del cabreo que pillé me entró otra vez la risa tonta. Mario podía haberse guardado para sí las confidencias que le hizo Raúl. Ya se ha disculpado alegando con una gran cara dura que ¡para la gente que le lee! y que además nadie nos conoce -¡Julia, Julia, contente! que te están provocando- porque Isasi & Ansola, nuestro estudio, no tiene mucho prestigio y que nuestros nombres son de lo mas comunes, lo que traducido al lenguaje de los sobreentendidos cómplices significa que lo siente, que se ha pasado un tanto, que no volverá a ocurrir (por lo menos hasta la próxima vez), que el café que dice que se estaba tomando era su quinto carajillo y que seguimos siendo amigos. De todas formas, la deuda no estará saldada hasta que suba al estudio y deje debidamente estibada en el frigorífico una caja de cervezas de las que él sabe, y sin beberse ni una.

Lo de Raúl es más comprensible. Tiene la cabeza físicamente sobre los hombros pero su mente suele estar en otro sitio, y los gin tonics le dejan "fané y descangallao". Le he preguntado y no recuerda casi nada de la conversación con Mario ni de la subsiguiente resaca.

Esa imagen virginal que hace de mí es la que ha creado en su imaginación para su propio uso en ese momento, porque es cierto que soy atractiva, pero bastante más normal de lo que parece por el retrato que hace de mí. Me ha visto enfadada, a veces furiosa, más de una vez, porque esos edificios fantásticos que construyo en el aire no siempre están bien, no son viables o deberían tener su correspondencia en algo real y no lo tienen. También me ha visto pasarme de cervezas y una vez que usé el alcohol para aliviarme los disgustos por una infidelidad de Pedro que solo estaba en mi imaginación y por un proyecto profesional no aceptado, tuvo que llevarme a casa, limpiar mi vómito, acostarme y aguantar mis gemidos de malestar toda la noche, pues Pedro estaba en París defendiendo ese proyecto, no jugándomela con Aimée (una compañera de facultad), como yo pensaba.

Pedro, ese apolo terrenal, es mi pareja y socio. Como guapo es guapo, pero soso hasta la saciedad y serio hasta aburrir. Bueno, tampoco es tanto como digo, pero desde luego no es la alegría personificada. Es bastante tímido y solo yo sé cuanto le cuesta defender un trabajo ante el cliente, aparentando una confianza en sí mismo que tiene que inventarse. Y Raúl, así como inventó una Julia ideal, también hizo de Pedro un personaje ideal, al que está traicionando ahora mismo con una chica, pues esa mano que le está poniendo en el culo no parece una caricia de amigos. Ya habréis adivinado que escribo desde el bar.

Si necesitan los servicios profesionales de unos buenos arquitectos no duden en llamarnos. Para otros asuntos relacionados con nosotros, mejor hablen con Raúl o con Mario, que nos muestran mas favorecidos de lo que realmente somos.

Julia Isasi

martes, 29 de abril de 2008

Confidencias de bar

Hola. Como puede que más adelante os cuentes mas cosas, empezaré por presentaros al narrador y situaros en el escenario.

Me llamo Mario y soy un tipo normalito. El lugar es la cafetería "La Fragata", uno de esos lugares amplios y confortables donde se puede conversar y comer alguna cosilla. Su dueño se llama Raúl, del que hablaré dentro de un rato, y suele atender él mismo hasta una hora prudencial de la tarde, cuando toman el relevo Marina y Juanjo; también está Ronnie, el cocinero colombiano, que lo mismo prepara una tortilla que arregla una silla o recomienda una película mostrando una dentadura como el teclado de un piano.

Definir a Raúl es sencillo, tiene treinta y algunos años y un juvenil aspecto de estudiante pero es como el Moustache de "Irma la dulce", que fue abogado pero "esa es otra historia", médico "pero esa es otra historia", millonario "pero esa es otra historia", etcétera "pero esa es otra historia". Si no hay jaleo se instala en un taburete en un extremo del mostrador y observa o lee; está tan quieto que no parece haber nadie en la barra. Otras veces charla con algún cliente, por ejemplo conmigo. Se puede confiar en él y en su discreción pues es como un psicólogo de guardia que además, si hace falta, te pone un café.

La otra noche lo encontré en su bar ejerciendo de cliente, sentado en una mesa apartada y mirando fijamente el fondo de un gin tonic. Cogí mi café y me senté a su lado sin decir nada, solo parecía necesitar compañía.

- Ah, hola Mario - me dijo en cuanto me reconoció entre su bruma particular. El ... los gin tonics solo le habían puesto melancólico.

- ¿Estás bien?, anda, cuéntame.

- No, no hay nada que contar, ya ves, tomando una copa, nada.

- ¡Venga!, suéltalo. He confiado en ti muchas veces. Deja que esta vez sea yo quien escuche.

Tomó otro trago, se concentró en el fondo de su bebida y comenzó su confesión.

- ¿Sabes esa pareja que viene a la hora del café?, Julia y Pedro, los arquitectos ...

Claro que sabía de quienes hablaba. Aparecían por la cafetería después de comer y estaban allí, casi siempre en la misma mesa, hasta que iban a su estudio. A veces los acompañaba algún amigo o compañero y cuando tenían algo que celebrar bajaban con todos sus empleados.

- Si, Raúl, sé de quienes hablas, ¿qué pasa con ellos?

- Los conozco desde que, recién licenciados, abrieron el estudio y comenzaron a venir por aquí. He visto como se asentaban y he celebrado con ellos sus éxitos y sus desilusiones (pocas). Puedo decir que somos buenos amigos.

Pedro es un tipo fantástico: guapo, educado, inteligente; acaso sea un poco serio. ¿Te has fijado lo poco que habla?, pero cuando lo hace sus colegas le escuchan como si estuviese dando el sermón de la montaña.

Julia es aún mejor. No pasa desapercibida. Es tan lista como él y es preciosa. Me quedo embobado cuando explica una estructura o un edificio en el aire con las manos, o cuando se recoge el mechón detrás de la oreja. Creo que me lee la mente; detecta si estoy bien o mal y siempre tiene la palabra oportuna.

Son mis amigos, los quiero mucho a los dos, y mi problema es que estoy enamorado y no puedo competir con ella por el amor de Pedro.

mvm